Aldea a la vista

Recorriendo senderos entre campos birmanos sembrados de arroz de montaña, jengibre… uno espera en las proximidades de las pequeñas aldeas rurales encontrar señales que nos indiquen que nos estamos acercando a las mismas, siempre recibidas con alborozo cuando de largas jornadas de caminata se trata, tanto allí como por aquí y en cualquier lugar, puesto que nos indica descanso temporal o definitivo.

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Uno espera encontrar humo de chimeneas, construcciones previas a los núcleos, animales domésticos, cultivos para consumo familiar… pero no, la señal inequívoca de que nos acercamos a una aldea es una torre de telefonía que se eleva alrededor de 50 metros, sobresaliendo de entre la tupida vegetación.

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En Birmania (ahora, Myanmar) el 70% de la población vive en la zona rural, mayoritariamente en pequeñas fincas agrícolas dirigidas al autoabastecimiento y a la agricultura de subsistencia. Es un país donde sólo el 25 % de la población tiene electricidad y, sin embargo, paradójicamente, son muchos los que poseen smartphones que cargan con ayuda de pequeños paneles solares, que sí vemos sobre las casas y que almacenan su energía en baterías recicladas de automóvil.

Todavía está demasiado reciente el largo conflicto birmano, y el porcentaje de analfabetismo es alto, sobre todo entre las mujeres, que se sitúa alrededor del 14%. Tanto entre las mujeres como entre los hombres hay muchos abandonos escolares y el número de estudiantes en las universidades es escaso, y si van a la universidad, luego las posibilidades de trabajo son muy pocas.

En este contexto ha llamado mi atención el elevado porcentaje de mujeres que he visto utilizando smartphones, estando convencido que será cuestión de muy poco tiempo, no solo su alfabetización, sino el acceso a la información, la formación y el desarrollo a través de estos dispositivos.

A muchos mercados locales birmanos a los que acercan sus productos, especialmente arroz, verduras y frutas, para que otros los compren y los lleven a mercados en núcleos urbanos, son las mujeres quienes mayoritariamente acuden. Todas, salvo excepciones, están comunicándose por smartphones, lo que llamó especialmente mi atención en Danyingon (el mercado de la estación de ferrocarril), a una hora de tren de Yangón, capital comercial.

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Estaba yo ensimismado ante esta paradoja cuando de repente, me encontré una, sí, sólo una mujer que no solo no tenía su smartphone, sino que estaba dormitando sin atender ni siquiera su puesto. Esto me llevó a la idea de que allí, igual que aquí, habrá una gran mayoría de mujeres (y de hombres, me imagino, aunque no los vi) enganchadas al futuro, y que en muy poco tiempo contribuirán al desarrollo de un país como Birmania. Habrá sin embargo alguna que no solo no se subirá al tren del progreso, sino que incluso no se dará cuenta de que su fruta se estropea de madura sino se la quita alguien antes.

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El sudeste asiático, Latinoamérica, África, están experimentando grandes avances en conectividad y acceso a internet, y en poco tiempo nos adelantarán, partiendo desde mucho más atrás, pues sus ganas son infinitas y su hambre por avanzar, también. En España, hay sectores en los que la transformación digital se ha ido haciendo como corresponde al nivel de desarrollo de nuestro país. Sin embargo, en lo relativo a lo social y a lo sanitario, seguimos yendo muy por detrás.

Un dato, entre muchos, que lo corrobora: cada año cuatro millones de pacientes se desplazan dentro de nuestro Sistema Nacional Salud, de una Comunidad Autónoma a otra buscando atención sanitaria, y se realizan de nuevo todas las pruebas complementarias necesarias pertinentes (gran bolsa de ineficiencia, hablando de sostenibilidad) para establecer un diagnóstico y su consiguiente tratamiento. La historia clínica sigue sin acompañar al paciente, único propietario de la misma, la conectividad sigue estando pendiente.

Es muy bueno, salir de vez en cuando y simplemente observar, luego cada uno ve lo que ve en esta aldea global.

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